MAXIMO PACHECO GOMEZ
No obstante que en el Instituto Nacional, tuve naturalmente, como quiera que se trata del primer foco de luz de la nación, excelentes profesores, hubo una clase de mi primer año en la Escuela de Derecho, que me dejó literalmente con la boca abierta. Llegó el profesor, saludó, se sacó el reloj de su muñeca y lo puso delante de sí, y comenzó una clase extraordinaria. Yo, y estoy seguro que todos mis demás compañeros quedamos como hipnotizados y era tan interesante y atractiva la forma, que una vez concluída la hora de clase, me parecía que sólo habían transcurrido unos pocos minutos, y no, toda una hora que no sentí para nada, había pasado. Miré mi reloj, para asegurarme de que había algún error, y nada.
Clase tras clase el efecto era el mismo y era tan profundo, claro y más que nada, interesante lo que transmitía don Máximo, que sus clases parecían siempre breves, como que uno quería recibir más agua vívida y transparente de ese manantial inagotable.
Como no recordar aquella vez en que se refería una mañana otoñan con tal fuerza sobre Santo Tomás, que en un momento, mirando hacia la ventana, nos indicó que Santo Tomás iluminaba con su conocimiento, en los precisos instantes en que, haciendose eco el tiempo con las palabras de nuestro Maestro, ingresa un potente rayo de luz por la ventana a la que dirigíamos junto con el expositor nuestra mirada. Allí se terminó la clase y el hechizo de aquel mago continuará en mi por toda mi vida. He tenido la fortuna de escuchar a muchos maestros y políticos en mi vida, ninguno me ha impactado tanto, en el maravilloso don de la utilización de la palabra, como este magnífico profesor.
